dimecres, 17 de març del 2010

SONIDOS VIBRANTES

El sonido estaba muy alto y yo estaba tan cerca del amplificador y del escenario incluso podría sentir las vibraciones de aquella Gibson Les Paules. Los sentidos se disipaban en el cerebro y me hacían sentir sensaciones inimaginables y superiores a muchas otras cosas. Podía notar el movimiento de sus dedos desprenderse de entre las cuerdas a una velocidad aparentemente equivalente a la del movimiento de las alas en el vuelo de un colibrí.

Y justo en el momento en que parecía que la canción acababa, reanudaba el sonido para dar paso al momento culminante, el momento del solo de guitarra…

Entonces, él respiró hondo, cerró los ojos y se sometió en una atmosfera propia cargada de energía y amor por la música. Empezó con un ritmo suave, ligero, lento, aunque éste fue en crescendo progresivamente, floreciendo en mi ser una sensación lujuriosa de poder y libertad.

Al cabo de 30 segundos, el solo lento se convirtió en un amasijo de notas, algún acorde y miles de técnicas guitarrísticas, mutens, slides, bendings, tremolos y muchos otros efectos para los que no estaba lo suficientemente lúcido para catalogar. Después de esto el guitarra entró en un terreno plagado de tapping en el que no se podía distinguir los movimientos de sus manos. Entonces me di cuenta que desearía parar el tiempo, tener esa magnífica sensación para siempre y que esos sonidos no acabaran nunca.

Los cinco sentidos agudizados al máximo hasta engañar a cualquier otra cosa o estímulo exterior. Allí el tiempo no se medía en segundos, sino en fracciones de segundo cargadas de movimientos harmónicos unidos entre sí, amarrados de manera estratégica que despertaba maravillosos delirios parecidos a la estimación entre personas. Un momento amoroso entre la guitarra y yo, el momento de un abrazo, de un beso, de una caricia y el fin de la canción, que, como todo amor con su fin, sube lentamente durante el principio del solo.

Las cosas terminan cuando la canción acaba, las últimas lágrimas se complementan con las últimas vibraciones sonoras, los últimos trucos y las últimas sonrisas de él y de ella.

Hasta que después de ser consciente del fin de la canción, después de asumir que la melodía más esperada se ha terminado, lo único que se puede hacer es esperar a que llegue otra canción así o incluso mejor.

Y así es como la vida nos lleva de un lugar a otro, pasando por momentos eufóricos repletos de genialidad, hasta instantes invadidos de tristeza que ayudan a crecer pero duelen infinitamente.


Cristina Moreno Medràn

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